Kira, la libélula, nació con un don peculiar: sus ojos podían mirar al frente y a los lados, detrás, arriba y abajo, todo al mismo tiempo. Al principio se sintió confundida.
—¿De qué me sirve ver tanto? —pensaba, mientras otros insectos avanzaban seguros, mirando siempre hacia un único punto.
Una tarde, cuando el aire se volvió dorado, Kira percibió a la vez el sol descendiendo, un pez que rompía la superficie del agua y la sombra silenciosa de un ave en el cielo. Nada ocurría antes ni después. Todo sucedía en el mismo instante.
Entonces comprendió que su visión no era para dispersarse, sino para recordar. Que la vida es amplia. Que nada existe aislado. Que cada ser forma parte de un tejido invisible que se mueve en conjunto.
Desde ese día, Kira dejó de preguntarse para qué veía tanto. Simplemente miró.
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Este cuento pertenece a la colección “La Cuentista”, registrada en Safe Creative.
© 2026 Carol Pérez