Una mariquita, llamada Marina, dormía plácidamente dentro de su huevo, protegido bajo una hoja. Allí todo era tibio, seguro y silencioso. Pero un día despertó y notó que algo había cambiado: sus hermanas ya comenzaban a salir, y su propio huevo empezaba a resquebrajarse.
No quería hacerlo. Dentro se sentía a salvo. Afuera la esperaba el esfuerzo: buscar alimento, aprender a moverse, sobrevivir. Aun así, el cascarón cedió, y la mariquita inició su etapa de larva.
Nada fue fácil. Cada día exigía energía, constancia y adaptación. A veces sentía que aquella fase no terminaría nunca, pero poco a poco aprendió a sostenerse por sí misma.
Cuando por fin se acostumbró a esa vida, llegó otra pausa inesperada. Tuvo que quedarse quieta, colgada del reverso de una hoja, mientras su cuerpo volvía a transformarse. La inmovilidad le pesó más que el esfuerzo anterior. Había aprendido a avanzar… y ahora debía esperar.
El tiempo pasó. Y entonces, todo cobró sentido.
Cuando su desarrollo se completó, Marina abrió las alas y voló. Desde el aire comprendió que cada etapa —la incomodidad, el cansancio, la espera— había sido necesaria. Nada de lo que la transformó fue en vano.
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Este cuento pertenece a la colección “La Cuentista”, registrada en Safe Creative.
© 2026 Carol Pérez