Nunca antes había visto un helado como aquel. Sin pensarlo, salió de casa decidido a enseñárselo a los demás. Caminó deprisa hacia el parque, en un día caluroso, imaginando el reconocimiento, las miradas, la validación.
Cuando llegó, el parque estaba vacío. Y el helado, mientras tanto, se había ido derritiendo entre sus manos.
Esta pequeña historia no habla de helados, sino de nosotros. De lo fácil que es descuidarnos mientras esperamos que el mundo nos vea. De cómo, en el intento de ser reconocidos, olvidamos atender lo que llevamos entre manos.
Quizá no se trate de correr más ni de mostrar más. Quizá se trate de aprender a cuidarnos incluso cuando nadie está mirando.