La falsa modestia consiste en evitar brillar bajo la justificación de que “no somos tan relevantes como para ayudar a otros a crecer”.
Esta idea nos permite movernos por la vida con cierta comodidad, pero en realidad encierra una fuerte dosis de vanidad: la de creernos con autoridad para juzgar qué hacer con nuestros dones y, además, justificarlo. Aparenta coherencia, pero es justo lo contrario. Implica una incapacidad para admitir quiénes somos en lo más profundo de nuestra alma.
Cuando criticamos las aportaciones ajenas, ridiculizando o juzgando a otros, lo que hacemos es mostrar una imagen muy fiel de nuestro autoconcepto: cercenamos nuestras propias virtudes para no ser vistos.
No ser vistos resulta cómodo, porque así nadie puede juzgarnos. Pero esta actitud vibra en el extremo opuesto —aunque íntimamente conectado— de la soberbia . Ambos comportamientos comparten una creencia profunda en la debilidad, que intentamos compensar en dos direcciones aparentemente opuestas: creer que lo sabemos todo o creer que no sabemos nada.