En el jardín creció una pequeña flor llamada Noa. Era feliz por formar parte de aquel lugar casi mágico, rodeada de flores de todos los tamaños, formas y colores.
Con el paso de los días, Noa comenzó a observar cómo las abejas se posaban sobre sus compañeras. Las veía llegar con paciencia, hundirse entre los pétalos y marcharse luego, cubiertas de polen, como si compartieran un secreto.
A Noa le fascinaba aquel ritual y deseaba, más que nada, vivirlo también. Cada mañana esperaba. Abría sus pétalos con ilusión, pero las abejas pasaban de largo. Ninguna se detenía en ella.
Poco a poco, su tallo empezó a inclinarse y sus colores perdieron brillo.
Una flor más vieja, que había visto muchas primaveras, notó su tristeza. —No te apagues —le dijo con voz suave—. Si miras todo el tiempo hacia las abejas, te olvidarás de sentir el sol. Deja que la lluvia te nutra, estírate hacia el cielo, disfruta de crecer. Cuando cuidas tu aroma y tus colores por el simple placer de florecer, todo lo demás llega solo.
Noa guardó aquellas palabras. Dejó de esperar y comenzó a sentir. El calor del sol, el frescor del agua, la alegría de abrirse un poco más cada día. Sin darse cuenta, volvió a llenarse de vida. Y entonces, sin buscarlo, las abejas llegaron. Noa comprendió que florecer nunca fue para atraer a nadie, sino para honrarse a sí misma.
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Este cuento pertenece a la colección “La Cuentista”, registrada en Safe Creative.
© 2026 Carol Pérez